Un paseo por la historia de Val de San Lorenzo

diablo abridor

Hace unos meses pudimos hacer una visita a uno de los pueblos cuna de la lana en nuestra geografía castellana, Val de San Lorenzo; un pueblo a escasos 6 Km de Astorga que nos evoca una mezcla de tradición, admiración por el trabajo bien hecho y el sabor agridulce de la nostalgia.

En una de sus muchas definiciones, el sentimiento de nostalgia tiene mucho que ver con la idea del regreso a casa. La nostalgia de los griegos convertida en mito a través de la figura de Ulises, en su larga travesía de retorno a Ítaca.

Vivir puede asemejarse a un largo viaje, lleno de aventuras, de alegrías, tristezas, azares y desesperanzas. Sin embargo, detrás de cada envite, de cada puerto visitado, persiste la nostalgia de volver al hogar. Uno anda buscando siempre la manera de regresar a casa, como símbolo del encuentro con la propia paz interior.

Paz que a menudo también se encuentra en el regreso a los contextos que nos construyen como civilización y comunidades de práctica. En ese sentido, los pueblos, sus gentes, sus calles, sus entornos, configuran una trama de paisajes, olores, fotogramas y secuencias de nuestras andaduras ancladas en nuestro sistema emocional.

Cada vez somos más los que, cuando llega la hora del retiro del mundanal ruido preferimos regresar a los lugares que dieron origen a lo que verdaderamente somos y reencontrarnos con esas viejas emociones que cierran el círculo de la existencia.

Así, con bellas sensaciones, y deseos de llegar al hogar pudimos disfrutar la visita a pequeños talleres familiares que llevan años trabajando la lana y convirtiéndola en estupendos y cálidos productos. Tal y como lo hacían sus antepasados durante más de 4 generaciones.

No se poseen datos históricos de cuando comenzó la fabricación y comercialización de los tejidos de lana en el Val de San Lorenzo, pero es muy posible que en la baja edad media ya existieran fabricantes de paños.

En el censo elaborado por el Marqués de la Ensenada en el siglo XVIII aparece registrado un primer antepasado constatado por escrito, que ya se dedicaba a la fabricación de tejidos de lana con fines comerciales.

En ese Censo, del año 1752 queda registrado que había 81 maestros tejedores de paños burdos y estameñas que ganaban 22.500 reales de vellón y 155 oficiales encargados de peinar y cardar la lana.

Las lanas utilizadas en dicha época pertenecían a los muchos rebaños existentes en la región. Las telas o paños obtenidos recibían diferentes nombres: Estameña, Paño delgado, Blanquetas, Paño más grueso y el Pardo, siendo estos artículos los que se fabricaban hasta mediados del siglo XIX, época en la que al dejar de usarse la ropa tradicional, la industria de Val cayó en crisis.

Para intentar salir de aquella crisis, en febrero de 1858, los aventureros Don José Cordero Geijo y su hijo fueron a Palencia (famosa entonces por tejer mantas) para trabajar en la fábrica de D. Damián Cuadrado. Allí con muchas dificultades, lograron aprender el proceso de fabricación de las mantas; regresando de vuelta al Val a finales del mes de mayo, donde construirían un primer telar que servía para la elaboración de cuatro mantas al día y que necesitaba dos artesanos para su correcto funcionamiento.

Se empezaron entonces, y en mayor medida a partir del 1920; a fabricar y perfeccionar las mantas, así como a introducir algunas maquinarias mecánicas procedentes de Cataluña que se mantienen activas hasta hoy en día, siguiendo el mismo proceso, pero con lanas de oveja más suaves y de mayor calidad.

De esta manera llega hasta nuestros días un mayor surtido de productos que se han adaptado a los usos y tiempos actuales, en los que la artesanía textil de este pueblo corre el riesgo de desaparecer, pero esto os lo contamos otro día con más detenimiento.

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